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NotAS DEL ALMA







#poderfemenino

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Día a día de una Shakti

6:15 am: suena el despertador. Cinco minutos más pero no puedo, no debo… un día más de rutina. Preparar el desayuno, levantar hijos, arrearlos para que ingresen a clase a tiempo. Cocinar en paralelo, o dejar avanzado lo que sería el almuerzo como mínimo. Reuniones desde casa, mientras pego la oreja y el ojo para que mis hijos presten atención a clase. Almuerzo. Tareas. Trabajo. Cena. Organizar mi día siguiente. Ah, ¡limpiar! 

 

¿Cómo puedo concentrarme si debo estar pendiente de todo? ¿Cómo puedo tomarme una ducha de más de cinco minutos sin pensar en lo siguiente que me toca hacer? No, no es fácil. Me canso. ¿De dónde sacar un tiempo para mí? ¿Ese tiempo de paz lo puede tener alguien como yo? ¿Cómo no evitar levantar la voz cuando no me hacen caso o ayudan en lo que les compete hacer? ¿En qué momento dejé de reír y disfrutar mis días? Hoy vivo agotada y ni la televisión me distrae. Pocas veces la música me anima. La tensión me ronda y no sé cómo salir de ella. Lo que sí sé es que no nos hace bien, ni a mí ni a mi familia.

 

Crecí con la premisa que todo lo podía hacer. Que por ser mamá soltera debía y podía sacar a mis hijos sola. Nadie te dice que está bien pedir ayuda, decirle a tus hijos cómo te sientes; permitirte ser vulnerable y no dejar de ser tu misma, porque antes de ser mamá fuiste una joven, una niña, un bebé, un ser lleno de mucha luz que vino a este mundo para iluminar a su andar. Así como tenemos la capacidad de organizarnos y hacernos cargo de todo y todos, ¿cómo no hacerlo por lo más importante? Tú. Sigue cultivando tu poder transformador por ti, no por egoísmo, si no porque si tú no estás bien, las personas a tu alrededor tampoco lo estarán.

 

Regálate ese espacio para aquietar tus pensamientos, sentir paz y poco a poco sentirás más felicidad.

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El regalo de estar “sola”

Soledad, el significado que tiene esta palabra para cada uno puede ser muy distinto. ¿Qué sientes tú al oírla? ¿Qué sensaciones te genera?


Si me voy a mis recuerdos en la infancia, cuando mi mamá se molestaba conmigo y me castigaba, debía estar sola en mi cuarto. No podía jugar con mis amigas. Estar sola era el castigo. Además, los domingos cuando venía mi querida tía Gloria a tomar lonche que siempre andaba regia de pies a cabeza, vivía sola, rentaba un cuarto donde una amiga cercana y tenía una vida social, mi mamá hablaba de ella con pena. Recuerdo que decía, compadeciéndose, “pobre, por exigente se quedó sola”. Esa era otra razón más para temerle a esa palabra. 


Saliendo de mi cabeza y entrando a lo que la sociedad me mostraba, recuerdo que en las películas que crecimos viendo, la protagonista empezaba siendo abandonada en el bosque, y el final feliz se daba cuando la princesa era rescatada por el príncipe: solo así vivía feliz por siempre.


Hoy me pregunto, ¿qué querían decirnos con esto? ¿Una mujer sola no podía ser feliz? ¿El romance era la llave de nuestra felicidad? ¿Necesitábamos ser rescatadas de nuestros problemas porque solas no íbamos a poder? 


Ahora también, si entramos a leer el significado de esta palabra en el diccionario, “solo/a” significa:

1. Que está sin compañía o que no tiene familiares o amigos.

2. Que está sin otra u otras cosas, o que se considera separado de ellas.

"había una casa sola en la montaña".


Por donde veamos, estar sola/o suena bastante aterrador. Tal vez por todo esto, much@s, incluyéndome, hemos crecido temiendo a esta palabra.


Pero hay una definición que faltó agregar en ese diccionario y que son muy pocas personas las que lo hayan mencionado. Sol@, significa también en compañía de ti mism@. Y es que aquí te revelo un secreto, nunca estás “sol@”, pues siempre te tienes a ti y ahí está la magia.


Estar contigo es un regalo, vivimos huyendo de la soledad por miedo, sin darnos cuenta que al hacerlo huimos también de autoconocernos, de nosotros y de esa oportunidad tan maravillosa de conectar desde nuestra alma con nuestras virtudes y dones.


Nadie te ha enseñado nunca los beneficios que solo puede regalarte el universo cuando estás sol@: qué delicia es estar contigo mirando el atardecer desde los ojos del alma, descubrir talentos tuyos que no conocías, enfrentar miedos, tomar riesgos, entrar en la profundidad de tu ser sin juzgarte. Con los años vas aprendiendo a escucharte y a quererte bonito. Un viaje solo contigo es una experiencia inolvidable, vas descubriendo nuevos lugares a tu ritmo, vas conectando más y más contigo a cada paso. Sueltas dependencias y empiezas a relacionarte con las personas desde el amor y no desde la carencia. Tu creatividad se expande sin límites, viendo las nubes, las estrellas, se te ocurren las ideas más originales y locas.


Conforme vas disfrutando más y más de ti, empiezas tú mism@ a buscar estos momentos a solas. Tu alma te comienza a pedir instantes para conectar con su fuente de luz y transformar su mundo interior.

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Puntitos de luz

El ritual de los desayunos domingueros era así: mi papá regresaba a las 9:30 am de la misa y traía una bolsa de pan francés y ciabattas crocantes y calientitos. Mi mamá hacía café, avena, mote, plátano sancochado. Mi papá preparaba el jugo, yo ponía la mesa. Había regresado a vivir con ellos después de 25 años. Una crisis fuerte de depresión llevó a que el médico me preguntara: “¿tiene usted a dónde ir? Tal como está ahora no es recomendable que viva sola”. Mi hija se había casado y había ido a vivir a Estados Unidos, mi último novio decidió que la idea de vivir juntos en Sevilla no era tan buena, y por último no tenía trabajo, pero sí tenía deudas.

 

Alquilé mi departamento y me recibieron en su casa en el campo, en Cieneguilla, dónde me quedaría tres años y dónde ellos habían decidido pasar sus últimos días rodeados de cerros, el río, árboles y silencio. Volviendo al ritual del desayuno dominguero, antes de pasar el primer bocado de pan, mi mamá invariablemente preguntaba, ¿y hoy qué quieren almorzar? Mi papá y yo, que comemos para nutrirnos y no por placer, nos mirábamos y ambos replicábamos: no hemos terminado de desayunar, ¡y ya estás pensando qué comer! Quién imaginaría, en ese momento, que recordar esa pregunta de mi mamá provocaría unos meses después tristeza y pena.

 

Hace un par de meses, ambos, mi papá y mi mamá partieron juntos. El Covid-19 se los llevó a los 86 años. La vida, el universo, el drama, permitieron que pasara con ellos su última etapa. Mi ocupación principal fue acompañarlos al cardiólogo, al nefrólogo, al endocrinólogo, al oftalmólogo, al fisioterapeuta y en una neumonía que tuvo mi mamá aprendí a tomar la presión, a medir la glucosa y a controlar a qué hora y qué pastilla debía tomar. Después vino la diálisis y el deterioro físico y constante de mi mamá.

 

Era mi deber estar con ellos, pero más que nada eran gestos de amor. No me molestaba manejar varias horas de ida y vuelta, porque conversábamos todo el camino. Y sé que tengo una especialidad, que es hacer reír o contagiar una carcajada. Mi método es decir cosas desconcertantes. A veces no pueden adivinar si lo digo en serio o en broma, pero mi mamá abriendo mucho los ojos, echaba a reír y me decía: “tonterías dices, hija”.

 

Para suerte mía a través de la meditación he aprendido herramientas que aplico cotidianamente y me ayudan a vivir mejor. El silencio, la paciencia, el desapego, hacer voluntariado, hacer buenas acciones para no crear karma y principalmente mantenerme de la mano de Dios me ayudaron a tener la fortaleza para enfrentar la pérdida de mis papás.

 

Aunque los domingos no vengan con la pregunta amorosa de ¿qué quieres almorzar hoy, hija? Quedan en mi alma el cuidado que brindé, las risas que provoqué y los te quiero mucho que dije. Besos al cielo papitos, los imagino como un puntito de luz en el universo, felices de haber vivido plenamente. Gracias por recibirme cuando los necesité. Om Shanti.

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Tu poder infinito

Existió un momento en el que me sentí sola, triste, que nadie me escuchaba, inferior al resto y que cualquier persona podía subordinarme. Eran momentos en los cuales sentía que mis días eran iguales, y que no podía salir de ese momento.

 

¿Cómo ahora esa versión de mujer que relaté en el párrafo anterior se convirtió en una persona que se atreve a enseñar a más mujeres sobre cómo co-crear la vida de sus sueños con una sola receta (creer en sí misma)?

 

Esa mujer lo logró reconociendo su poder. No hablamos del poder común. Es un poder más allá de las cosas materiales. Lo llamo “poder interior”, pues es una fuerza que nace del ser y desde donde sentimos amor, la paz, gratitud, fe, etc. 

Cuando uno reconoce esa fuerza, la confianza crece y comienzas a sentirte capaz de afrontar cualquier desafío. ¿Cómo reconocer tu poder interior? Te propongo tres pasos fundamentales:

  • Meditar: ayuda a conectarte con esa energía solemne, aquieta los pensamientos negativos y fortalece pensamientos elevados, como paz, amor, gratitud, etc.

  • Escribir tus logros diarios: refuerza la confianza en ti.

  • Convertir tus defectos en áreas de oportunidad: te permite reconocer que tienes el gran poder de transformar aquello que no te gusta de ti en una oportunidad para crecer.

 

¿Te atreves a reconocer tu poder?

 

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Alimentando mi poder

Hoy me reencontré con esa versión de mí lanzada, confiada, que sabe que está protegida, que intuitivamente se lanzaba y era la primera en decir: “yo voy”, “yo la hago”. Hoy vencí el miedo. ¿En qué momento me visitó? No lo sé. ¿En qué momento tomó espacio en mí? No lo sé. Solo sé que ese miedo estaba en mi mente, en la falsa creencia de que estaba sola. De que algo me iba a suceder si no “iba” con alguien a mi lado. Lo que hoy fue para mí irme manejando a una zona “peligrosa”, porque para todos es así, porque suele ser una zona “de choros”, terminó siendo mi reciente prueba de coraje y confianza. El miedo solo estaba en mi mente. 


Tuve coraje al vencer la necesidad de ir con alguien a algún lugar que me generaba temor. Nunca antes lo había necesitado, siempre caminé sola y me manejé independiente; y ¡oh, sorpresa!, caí en cuenta que ahora había llegado a ese punto que tanto rechacé. ¡Yo no era así! Me reencontré con esa parte de mi esencia y de la cual siempre me había sentido orgullosa; sin embargo, ahora la tomo con humildad.


Confianza, por que si tengo entregada mi vida al desapego, a “confiar” en Dios, ¿por qué en este momento me sentía con tanta inquietud? No estaba siendo coherente, no estaba confiando en él. Rodeé mi auto de protección, mi andar con mirada amorosa y gentil, y él haría su parte. De regalo una mariquita se posó junto a mí. De regalo compartí con otros un poco de orientación sobre lo que debían hacer en un espacio en el cual nadie te informaba nada. De regalo me topé con almitas agradables, confíe en Él, en la ruta de una aplicación que te suele llevar por lugares poco amigables, y, sobre todo, en mi poder: aquel que había estado adormilado por un tiempo, pero que hoy volvió a recordarme que está ahí para mí, que se alimenta de algo mucho mayor. 


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